Madrugada de pintas y James Joyce
Admiradores del escritor se reúnen en Nueva York para leer
'Finnegans wake', el libro más oscuro de la historia
EDUARDO LAGO 19/01/2010
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En un ensayo titulado
El fonógrafo de Joyce, Jacques
Derrida cuenta que estando en una librería de Tokio oyó a un turista
estadonidense exclamar: "¿No sería posible reducir tanto libro como se
publica en el mundo a uno solo?". "Tendrían que ser dos", fue la
respuesta del filósofo francés,
"Ulises y
Finnegans wake".
La 'noche Earwicker' imita al 'Bloomsday', homenaje anual al 'Ulises'
La sociedad inició la segunda lectura de la novela en 1966. Van por
la página 344
"Es un desastre, pero la obra une a gente maravillosa", según Charlie
Caruso
No todo el mundo estaría de acuerdo. El consenso, prácticamente
universal, es que estas dos obras de James Joyce (1882- 1941) ocupan el
primer puesto de dos listados completamente distintos:
Ulises
(1922), una de las cumbres de la literatura universal, es la mejor
novela jamás escrita en lengua inglesa. En cuanto a
Finnegans wake (1939),
título final de Joyce, al que dedicó 17 años de su vida, posiblemente
sea el texto literario más oscuro e impenetrable de todos los tiempos.
Entre
el final de una y el principio de otra medió un año durante el cual
Joyce fue incapaz de escribir nada. Su imaginación se despertó de
repente el 9 de marzo de 1923. En una carta dirigida a su amiga, la
editora Harriet Weaver, fechada un día después, el autor anunciaba así
el nacimiento de su siguiente novela: "Con gran dificultad, ayer cogí la
pluma y conseguí escribir dos páginas". Siguieron casi dos décadas de
entrega absoluta. Un nutrido grupo de admiradores, entre los que
figuraban los escritores más notables de su tiempo, siguió con atención
la laboriosa gestación del texto, que fue apareciendo por entregas en
diversas publicaciones bajo el título provisional de
Obra en curso.
La extrañeza de los fragmentos que iban apareciendo sumió a los
seguidores de Joyce en el estupor, pero nadie se aventuró a hacer un
juicio definitivo hasta ver la obra publicada. Cuando eso ocurrió, en
1939, la reacción mayoritaria fue de rechazo. Una de dos, o el gran
maestro había perdido la cabeza y había producido un monstruo literario
inclasificable, o bien Joyce se sumergió en una experimentación radical
con el lenguaje. Fuera como fuere, el texto de
Finnegans wake era
completamente ininteligible.
Es justo aquí donde entra en juego
la magia de Joyce: pese a la extrema inaccesibilidad de sus propuestas
narrativas, sucumben a su fascinación desde los especialistas a gente
con escasa preparación literaria. Un artículo publicado el pasado 16 de
junio en el
Irish Times, fecha en que transcurre la acción de
Ulises,
conocida como
Bloomsday, reveló que la mayoría de la gente que
salía a la calle disfrazada de personaje de la novela no la había leído,
aunque muchos lo habían intentado. Con
Finnegans wake, cuya
dificultad es muy superior a la de
Ulises, el misterio se
agiganta.
Quizá sea en Nueva York donde hay una mayor tradición
celebratoria de la oscura novela del escritor irlandés. Cuando se
publicó la primera edición en 1939, se escenificó un velatorio (uno de
los significados del vocablo
wake es velatorio) en la librería
Gotham en el que participaron celebridades literarias de la época
disfrazadas de personajes. En esta misma librería, desaparecida en 2006,
se fundó en 1947 la James Joyce Society, cuyo carné número 1 ostentaba
T. S. Eliot. Y allí mismo se fundó también, hace ahora 20 años, The
Finnegans Wake Society. Desde entonces, los componentes de la sociedad
se reúnen el último miércoles de mes para leer y comentar la obra. Entre
los miembros figuran representantes de toda clase de profesiones. La
primera lectura del texto, cuya extensión total es de 628 páginas, duró
cinco años. Al hacer balance, se consideró que tal vez se había
procedido con excesiva precipitación. La segunda lectura comenzó en
1996. Por ahora van por la página 344.
Para los
finneganianos
de Nueva York, el equivalente a
Bloomsday es
La noche de
Earwicker, en alusión a un personaje del libro así llamado. Conviene
indicar que la acción transcurre íntegramente de noche. El miércoles 13
de enero, aniversario de la muerte de Joyce, unos 40
finneganianos
acudieron a un antiguo
pub irlandés del sur de Manhattan para
celebrar Earwickernight. Los asistentes entablan una animada
conversación mientras dan cuenta de una
guinness o un whisky
antes de sentarse a cenar en mesas comunales. "Seamos honestos", dice
Charlie Caruso, periodista en
Newsweek y
The New York Post
durante más de 50 años, "el libro es un desastre, pero consigue algo
que no consigue ningún otro: reunir a su alrededor a un montón de gente
maravillosa". Ron White, miembro fundador, no está de acuerdo: "Por
supuesto que tiene sentido, sólo que no es posible descubrirlo a solas.
Hay que leer el libro en grupo".
A una indicación de Murray Ross,
el presidente, el maestro de ceremonias, un hombre de pelo blanco,
sonrisa perenne y gestos pausados, Kevin Gilroy, da comienzo a la
velada. Antes de engolfarse en el juego de charadas, pasatiempo favorito
de la familia Joyce, el grupo entona
Finnegans wake, balada
tradicional irlandesa que narra la resurrección de Tim Finnegans, al
derramarse sobre él una botella de whisky en pleno velatorio, historia
que por supuesto aparece en la novela. Los
finneganianos cantan
a
capella y no desafinan demasiado. Concluida esta parte del ritual,
se aprestan a iniciar el juego de adivinanzas. Ross y Gilroy arrojan al
interior de un sombrero hongo unas papeletas en las que aparecen frases
extraídas del enigmático volumen. Distintos voluntarios las van leyendo
en silencio para sí y, mediante gestos, intentan trasmitir su contenido a
la audiencia. Resulta asombrosa la facilidad con que, una a una, logran
identificar las frases secretas, hasta que sólo queda la última. Una
chica la extrae mientras la asamblea de
finneganianos la observa,
gozosamente tensa. La esposa de Humphrey Earwicker, presencia que Joyce
envuelve en un misterio que la hace particularmente atractiva, responde
al nombre de Anna Livia Plurabelle. Los sinuosos movimientos que hace
con las manos la encargada de representar la última adivinanza logran
transmitir el viaje que efectúa por el tiempo la elusiva criatura de
ficción. Como si lo hubieran ensayado, varios asistentes se ponen en pie
de un salto y recitan al unísono: "Anna fue, Livia es, Plurabelle
será". Imposible no imaginarse a Joyce riéndose en su tumba.
Eduardo Lago, director del Instituto Cervantes en
Nueva York, es miembro fundador de la española Orden del Finnegans.