domingo, 11 de marzo de 2012

8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer


El mundo te necesita, mujer, ahora, en este instante más que nunca. Necesita las raíces que se aferran a la tierra y los sueños como mariposas que vuelan sin motivo por el cielo. El mundo te necesita mujer, acunando a sus hijos entre los brazos, velando sus oscuros fantasmas de las noches, acariciando sus manos con tus manos. El mundo te necesita, mujer, el ritmo de tus caderas iluminando las sombras en las calles, la brisa de tu cabello temblando en los jazmines detrás del muro de los patios. El mundo, mujer, necesita la ternura de tu mirada, la humildad de los detalles que embellecen con su presencia los espacios. Necesita tu voz lanzando a los cuatro vientos la sabiduría heredada de las madres y las madres de sus madres…así en esa cadena de amor capaz de derribar los muros más gruesos blandiendo en alto la esperanza. El mundo necesita de tu amplia mirada hacia el futuro, tu necesidad de tener llena la despensa y el corazón grande.
Necesita tus risas y tus lágrimas, tus emociones y tus sentimientos y tu presencia en todos los lugares y las cosas, no para ser como un hombre, sino para ser en toda tu esencia una MUJER.
                        Antonia Toscano López

"El ascensor". Primer finalista del IV Premio de Relato Corto Rastrillo de Nuevo Futuro



Soy Marina y acabo de despertar de un sueño.
Estoy en el ascensor, pero no parece que se mueva. Se ha ido la luz. Aún así, un tenue brillo metálico parece desprenderse de las cuatro paredes. Debe ser la luz de emergencia sacando un pálido reflejo del espejo.
Analizo la situación. Siempre lo analizo todo. Por qué, por qué…por qué. ¿A dónde me dirigía? Creo que discutí con alguien. Sí, eso fue. Mientras estoy sentada, casi tirada, en uno de los rincones del ascensor, no sé cual, me siento aturdida y la luz es tan escasa que no puedo reconocer la puerta.
Debía de ser tarde, muy tarde, de madrugada y estaba muy alterada. En los últimos meses las diferencias  con Manuel se habían acentuado y ya discutíamos por cualquier cosa. Esta última vez debió ser muy fuerte para que yo me saliera de mi propia casa. Vivo en un ático, es como vivir fuera de la ciudad, sin tejados delante, con el cielo por montera y el espectáculo de nubes, pájaros y lluvia delante de los ojos.
Voy a intentar levantarme. No sé cómo me he dormido en semejante lugar. Me doy cuenta de que tengo los pies desnudos, pero estoy vestida. ¿Por qué no me habré puesto los zapatos? Siento el cuerpo entumecido, pesado, dolorido. Me aferro a la barandilla del ascensor y palpo las frías paredes. Si, aquí está la puerta, a la derecha palpo los botones y los pulso todos… nada. Claro, no hay luz. Grito con todas mis fuerzas, pero el sonido reverbera dentro de mí. No tengo voz.
Vuelvo al rincón y me acurruco sobre mí misma.
Cientos de reproches habían surgido entre nosotros desgastándonos, erosionándonos como la marejada contra los acantilados. Manuel pretendía ser el dueño de todo, de nuestro espacio, de nuestro tiempo, de nuestros pensamientos. No había sido nunca, desde el comienzo hace unos años, una postura abierta y violenta, sino retorcida y febril, llena de interpretaciones negativas, de celos escondidos, de huidas, de palabras en clave y pruebas secretas de las que casi nunca salía victoriosa.
¿Qué puedo hacer? ¿Qué está ocurriendo fuera? Un silencio profundo me atraviesa los tímpanos dolorosamente. Algo me oprime intensamente el pecho y el silencio se rompe con los latidos acelerados de mi propio corazón. ¿Es esto un ataque de pánico?
Recuerdo la consulta del psiquiatra, con grandes ventanales y estanterías que en lugar de libros, estaban llenas de plantas en tiestos de diversas formas y colores, potos, alegrías, begonias… Trastorno de ansiedad, estrés psicosocial, diagnóstico llenos de palabras a veces incomprensibles para explicar un vacío interior inexplicable.
No sé qué día es, ni la hora. Miro a mi alrededor, no traigo ningún bolso. Mi chaqueta azul de algodón tiene unos grandes bolsillos, pero dentro solo hay un paquete de pañuelos de papel, de esos que huelen a menta, no llevo un teléfono móvil, ni unas llaves, nada más…
Me abandonaré a mi suerte. Tal vez si acepto que estoy aquí, sola, que tengo frío, que el tiempo parece ser de goma y se estira sin piedad, vuelva la luz o llegará alguien y se dará cuenta de que estoy aquí dentro, o tal vez alguien me eche en falta en algún sitio…
Cierro los ojos y respiro profundamente.
Yo era pequeña cuando vivíamos en el campo. Aquel lugar era mágico, un bosque de alcornoques y quejigos, recuerdo cuando éstos en otoño se tornaban de oro, como un Lothlorien. En el mes de Abril nació mi hermano pequeño y Lucrecio, un hermano de mi padre, había venido a visitarnos. Llegó caminando por senderos tortuosos, caminos de cabras, unos seis kilómetros desde el pueblo. A la caída de la tarde, se sentaba junto a mí en los pequeños banquetes de corcho, arrimados a la mesa rectangular con un hule de cuadros verdes y me daba de comer. A la mañana siguiente corrí hacia él con su gorra gris entre las manos, ya estaba subido al mulo para irse e inclinó su cuerpo cuanto pudo con el brazo extendido, mientras yo estiraba mi pequeño cuerpo, de puntillas como una bailarina. Una fina lluvia caía sobre la encharcada tierra.
A la noche yacía frío, mudo, pequeño y extraño en su ataúd de pino. La lluvia jarreaba inclemente tras los cristales de las ventanas recortadas en los inmensos muros de piedra y cal.
Me he adormilado y mientras tanto nada ha ocurrido. Un llanto sin lágrimas me recorre por dentro. Un punto de rebeldía me hace desear volver a levantarme, me revuelvo en el suelo, gateando, palmo a palmo hacia la barandilla y vuelvo a caer a la más mínima duda. Vuelvo a intentarlo, una vez, otra vez y otra… Huele a goma y a polvo, como en los automóviles viejos.
Una mirada de silencio atraviesa el espacio que separa nuestros ojos, una mirada negra, turbia, rencorosa, sin esperanzas. Hemos paseado entre la gente y entrado en locales ruidosos y llenos de humo, de la mano. Al principio nuestros corazones estaban tan cerca, tan tibios, tan tiernos como nuestras manos, ya no.
Mis tías Isabel y Margarita no eran gemelas, de hecho ni siquiera parecían hermanas, ni se llevaban bien, aunque se admiraban mutuamente a distancia. Yo estaba lejos de casa, en la universidad, cuando me avisaron de que Margarita se estaba muriendo. Fui a visitarla a aquella misma casa en la que en otra ocasión me había mordido el perro que vigilaba el jardín de los magnolios. Su rostro parecía de cera, blanco brillante, aunque sus mejillas estaban inusualmente enrojecidas, sobre el blanco del esbozo de las sábanas, en aquella habitación larga, demasiado larga, con tres camas pequeñas y el baño al fondo, No era su casa, de hecho, ella nunca tuvo casa, siempre vivió en casas ajenas en las que trabajó de cocinera, niñera y comodín de servicio permanente, nunca se casó, nunca tuvo hijos propios.
Era el mes de febrero, húmedo, verde gris, frío; frío que calaba hasta los huesos, sobre todo en el Cementerio de San Miguel, en lo alto de un monte, con el mar a lo lejos, frontera y esperanza. Fríos y húmedos debían estar los huesos de los muertos en aquellas viejas tumbas, panteones y  mausoleos de mármol y granito resquebrajados por el tiempo y la imagen pétrea de la fe alada, con los ojos vendados y una espada erguida delante de su cabeza, levantada por una mano firme e inmóvil. Fríos y húmedos debían estar los huesos del pequeño cuerpo escuálido, al que el rigor mortis hacía conservar una especie de dignidad…
Abro los ojos. Todo sigue en la oscuridad, aunque la luz mortecina de los focos de emergencia cada vez parece más brillante, tal vez sean las horas que llevo aquí lo que me hace percibirlo así.  Un nuevo ataque de rabia me hace golpear desesperadamente los fragmentos del suelo y las paredes que tengo a mi alcance, finalmente me abandonan las fuerzas y permanezco ahora tendida bocarriba, mirando al techo, en el centro hay un círculo que aloja el espacio donde está el sistema de iluminación de la cabina…
Dos días más tarde iba en el autobús. Sola, desmadejada, con la cara pegada a la ventana contemplando la lluvia y sus caprichosos senderos en los cristales y en las laderas de las montañas. A medida que el autobús subía renqueando la empinada carretera, los regueros de agua se transformaban en impactos de nieve derretida, después en copos que resbalaban suavemente en la superficie gélida y pulida de los cristales. En la cuneta  y los taludes se iban acumulando manchas blancas sobre la tierra rojiza y los matorrales de aulagas en los que despuntaban las primeras flores amarillas. El viaje se hacía interminable y los pensamientos también. La tía Isabel había muerto.
La habían amortajado improvisando un dormitorio en el comedor donde habían instalado su cama, la alta cama con faroles de bronce en las esquinas debajo de la que me había escondido tantas veces, cuando ella dejaba marcada la huella de sus dedos, como rodadas de tractores en miniatura, sobre la piel de mi cuerpo. Habían usado una colonia de bebés para amortiguar el olor de los difuntos.
Se oyen ruidos fuera. Tal vez alguien ha venido a sacarme de aquí. Grito, grito, grito con todas mis fuerzas, desde dentro, con todo mi cuerpo, no oigo mi propia voz, pero sigo gritando, una vez más, y otra…
Cada mañana se formaban las filas de niñas en el precioso patio cubierto del colegio, con los babis de cuadritos verdes y blancos. La música de las canciones inundaba las calles estrechas saliendo por los huecos de las jardineras que coronaban los muros, las gitanillas de color rosa colgando sobre los blancos paramentos. En el techo, de tanto en tanto, colgaban macetones con forma de cono invertido, con helechos.
A primeros de Noviembre, en el día de los difuntos, la preceptiva visita al cementerio. Ese año fue diferente. Una niña pequeña había muerto de tétanos, se había clavado la varilla de un paraguas junto al ojo izquierdo. Nos llevaron a verla, en el ataúd blanco, con su vestido blanco de la primera comunión que había hecho el pasado mes de mayo.
Su piel era mate, de color verdoso, como la de un árbol talado que comienza a secarse. Parecía una muñeca de madera, tan rígida que habían tenido que dejarle el escote del vestido por debajo de las axilas.
Tengo la sensación de que ha pasado mucho tiempo. Se oyen voces lejanas y ruidos entre los que he creído reconocer el ulular de una ambulancia ¿o será la policía? No sé, tal vez sea el momento de abandonarse del todo ya que el otro lado del mundo parece estar tan cerca.
Ahí está mi padre, bueno, supongo que no es él. Murió hace ya veinte años. En los dos últimos años de su vida su memoria se fue debilitando, tanto que nos confundía con su madre, con sus hermanas y a mi hermano con aquel hermano suyo al que más de una vez tuvo que ir a buscar a la trastienda del bar de Pedro “el Mónico”, donde se jugaban partidas ilegales de cartas. La tía Josefa venía a suplicarle que lo hiciera cuando ya llevaba dos o tres días sin aparecer por su casa. Francisco era su hermano mayor y sin embargo siempre cuidó de él y de los demás, como si fuera un padre.
Se fue esfumando día  a día durante dos meses y medio. Besé su frente cerúlea para despedirlo en la madrugada del treinta de Junio. Esta vez hacía mucho calor…
 ***
Un reducido grupo de curiosos se había reunido en la puerta de un edificio de la avenida de los Tilos, a los que se iban uniendo algunos viandantes más, a pesar de lo intempestivo de la hora, las seis y veinte de la mañana, cuando aparecieron en escena un camión de los bomberos, una ambulancia y unos coches de la policía. Alguien había dado la voz de alarma. Se había declarado un incendio en el ático. Los bomberos se hicieron cargo de la situación rápidamente desplegando las escaleras hasta la quinta planta para sofocar las llamas agitadas por el viento de levante. Mientras tanto, otros efectivos entraban apresuradamente en el edificio y organizaban el desalojo de los vecinos, la mayoría de ellos profundamente dormidos que se levantaron desorientados y aturdidos, obedeciendo como autómatas las órdenes, sin ser conscientes aún de lo que ocurría. Un bombero joven abría la puerta del ascensor en cada planta con las llaves de avería ya que no había suministro eléctrico.
En la calle, la policía acordonaba la acera y preguntaba a los presentes si tenían idea de lo ocurrido. Nada. Sólo habían visto el intenso humo y a alguien se le había ocurrido llamar a emergencias.
Los bomberos lograron controlar el fuego en poco más de media hora. Afortunadamente, no se había extendido a otros pisos, se concentraba en uno de los áticos. Accedieron al interior y encontraron a un hombre joven tirado en el suelo, inconsciente y con graves quemaduras que fue trasladado urgentemente a la ambulancia.
El joven bombero que abría las puertas del ascensor, al llegar al cuarto piso pudo comprobar que éste se encontraba detenido entre esta planta y la siguiente. Comenzó a gritar llamando a quien estaba dentro, pero no obtenía respuesta. Dio el aviso para que algún compañero acudiera en su ayuda para abrir la puerta. Cuando lo consiguieron, pudieron ver un cuerpo de mujer abandonado en el suelo, como una muñeca de trapo rota, con los pies descalzos. Aún estaba caliente, pero sin pulso y al retirar las manos para llamar al equipo médico de la ambulancia, advirtió que estaban manchadas de sangre.

Al día siguiente, una pequeña nota en la columna de sucesos de los periódicos: “Marina, una nueva víctima de la violencia de género…El agresor, que provocó un incendio en el ático en el que vivían, se encuentra hospitalizado con graves quemaduras en el 70% de su cuerpo”.



sábado, 11 de febrero de 2012

jueves, 2 de febrero de 2012

Antonia Pozzi


Antonia Pozzi (Milano13 febbraio 1912 – Milano3 dicembre 1938) è stata una poetessa italiana.
« Triste orto abbandonato l'anima
si cinge di selvagge siepi
di amori:
morire è questo
ricoprirsi di rovi
nati in noi »
(Antonia Pozzi, da Naufraghi, 19 dicembre 1933)

La poesía

Parte dal crepuscolarismo di Sergio Corazzini: «Appoggiami la testa sulla spalla / che ti carezzi con un gesto lento [...] Lascia ch'io sola pianga, se qualcuno / suona, in un canto, qualche nenia triste» per poi viverlo interiorizzato: «vivo della poesia come le vene vivono del sangue», scrive, e infatti cerca di esprimere nelle parole l'autenticità dell'esistenza, non trovando verità nella propria e, come riservata e rigorosa fu la sua breve vita, così le sue parole, secondo la lezione ermetica, «sono asciutte e dure come i sassi» o «vestite di veli bianchi strappati», ridotte al «minimo di peso», come scrisse Montale, e trasferiscono peso e sostanza alle immagini, per liberarne l'animo oppresso ed effondere il sentimento nelle cose trasfigurate in simbolo.
Dall'espressionismo tedesco trae atmosfere desolate e inquietanti:
«le corolle dei dolci fiori
insabbiate.
Forse nella notte
qualche ponte verrà
sommerso.
Solitudine e pianto -
solitudine e pianto
dei larici»
oppure
«All'alba pallidi vedemmo le rondini
sui fili fradici immote
spiare cenni arcani di partenza»
o anche
«Petali viola
mi raccoglievi in grembo
a sera:
quando batté il cancello
e fu oscura
la via del ritorno»
La crisi di un'epoca s'incontra con la sua tragedia personale e se, come scrisse in una lettera, «la poesia ha questo compito sublime: di prendere tutto il dolore che ci spumeggia e ci rimbalza nell'anima e di placarlo, di trasfigurarlo nella suprema calma dell'arte, così come sfociano i fiumi nella celeste vastità del mare», quel dolore non si placa nella sua poesia ma, come un fiume carsico, ora vi circola sotterraneo e ora emerge e tracima, sommergendo l'espressione poetica nel modo stesso in cui travolse la sua vita.

jueves, 5 de enero de 2012

Alejandra Pizarnik



"Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón.
Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos".
Alejandra Pizarnik 

 Reseña biográfica
Poeta argentina nacida en Buenos Aires en 1936.
Obtuvo su título en Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos Aires y posteriormente viajó a Paris
hasta 1964 donde estudió Literatura Francesa en La Sorbona y trabajó en el campo literario colaborando
en varios diarios y revistas con sus poemas y traducciones de Artaud y Cesairé, entre otros.
Es una de las voces más representativas de la generación del sesenta y es considerada como una de las poetas
líricas y surrealistas más importantes de Argentina.
Su obra poética está representada en las siguientes obras: «La tierra más ajena» en 1955, «La última inocencia»
en 1956, «Las aventuras perdidas» en 1958, «Árbol de diana» en 1962, «Los trabajos y las noches» en 1965,
«Extracción de la piedra de locura» en 1968, «El infierno musical» en 1971 y «Textos de sombra y últimos poemas»,
publicación póstuma en el año 1982.
En 1972 falleció como consecuencia de una profunda depresión. ©

http://amediavoz.com/pizarnik.htm#LA ÚLTIMA INOCENCIA

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Canal Charry /Colectivo Giner de los Ríos/Colegio Martín Pinzón


RONDA, Antonia Toscano en el colegio Juan Martin Pinzon
21-12-2011

 Nuestros Pequeños Reporteros

Organizado por: Canal Charry TV-Ronda en el Colegio Público “Juan Martín Pinzón”

el Miércoles día 21 a las 10 horas presentado por PATRICIA ORTIZ

                    Invitado:

Colectivo Cultural “Giner de los Ríos”
            Poeta invitada:

         ANTONIA TOSCANO
Se obsequió a los alumnos  con el anuario 20101-2011de las tertulias de poesía “El Cinco a las Cinco”.



Antonia Toscano y Patricia Ortiz, en la puerta del colegio



Patricia Ortiz, presentando el acto



Antonia Toscano, respondiendo a los alumnos y leyendo su poesia



Antonia Toscano recibiendo flores de pascua de los alumnos



portada publicacion Colectivo obsequiada


Con la asistencia de cincuenta alumnos de los cursos quinto y sexto, que tuvieron la oportunidad de realizar preguntas a la poeta invitada quien las contesto y leyó parte de su obra poética. Correspondiendo algunos jovencísimos poetas leyendo poemas propios.
Con este acto el Colectivo Cultural Giner de los Rios, finaliza sus actividades en el año 2011.



viernes, 16 de septiembre de 2011

El misterio de Carmen Laforet


http://libroyautor.blogspot.com/2011/09/aniversarios-literarios-el-misterio-de.html

Aniversarios literarios: el misterio de Carmen Laforet

Carmen Laforet nació el 6 de septiembre de 1921. Hoy hace 90 años.
El caso de Laforet es uno de los mayores misterios de la narrativa de la posguerra española. 

En 1944, a los 23 años, Laforet ganó el Premio Nadal conNada, una obra de carácter existencialista con numerosas referencias a la pobreza y mediocridad de aquella España. Un libro brillante, que se sigue leyendo muy bien, y que presagiaba el nacimiento de una nueva estrella literaria.
Sin embargo, Laforet no volvió a brillar con tanta intensidad nunca más, paradesaparecer de nuestras letras a partir de los años 70.

Muy insegura en lo personal y en lo social, se casó -como Ana M.ª Matute, qué curioso- con un hombre mucho menos brillante que ella, el periodista Manuel Cerezales, que hizo lo posible porque no destacara más que él, por anularla.

Aunque se separaron en 1970, Carmen Laforet ya no pudo remontar su carrera.

En los último años de su vida, aquejada de alzheimer, no siguió con la escritura ni ordenó o reescribió muchos de sus textos de la época del silencio. Murió en 2004.

A su hija, Cristina Cerezales, debemos la recuperación de numerosos cuentos, escritos, documentos y cartas que arrojan una nueva luz sobre la obra de su madre, como la interesante correspondencia con Ramón J. Sender, recogida en el volumenPuedo contar contigo. Correspondencia (Destino, 2003).

Resulta muy interesante -y desconcertante, también- la magnífica biografía Carmen Laforet. Una mujer en fuga, deAnna Caballé e Israel Rolón (RBA y Círculo de Lectores, 2010).

Menoscuarto ediciones publicó en 2007 Carta a don Juan: cuentos completos, mientras que la última edición de Nadaes de Destino (2008).

EL JARDIN DE LAS CLEMATIS

http://eljardindelasclematis.blogspot.com/2011/03/el-velo-de-los-sabios.html


el velo de los sabios

Esa tarde,como se hundìa sobre los papeles de su mesa y el frío denso del invierno y su lluvia,se fue a la calle a comprarse un habano gordo y suave con el que rozar su humo entre el viento y el aguacero,para así provocar lo que de grande tenía la ciudad y que ello le removiera los humores de un texto hermoso.Otro hubiese pensado que buscaba,como una buscona, la delicada palabra que le salvase de un no sabía qué tedio y muerte.En otra ocasión habría recurrido a su amistad con Antonia y su pasión por el poema "el velo de los sabios",pero ahora la palabra le producía una tensión extraña,deseaba su posibilidad de perfección pero no su realidad.El texto acabado era un deseo pero su expresión concreta resultaba una forma de enfermedad,una delgadezextrema del cuerpo con mal sabor de los dientes.De vuelta a casa,con la boca llena de nicotina,reconoció que el paseo le había desvelado que su ciudad estaba muerta para la palabra.No había sentido un solo vuelco detrás de la ceniza y el frío,todo había sido como el tráfico,plano y mudo,desposeído de la vida intensa que élsabía que podía tener.Entonces recordó una de sus casas del puerto,donde una escalera baja a las aguas manchadas de aceite ygasóleo.Y sintió serenidad y pudo recordar el poema de María sobre los estivadores que descienden por unas escaleras hasta el mar(..y mis pies desconocidos se vuelven mas cercanos/y me atrevo a tocarlos con propiedad/con la ternura que hace años que no me doy/porque tu me has enseñado a poseer esta tierra/tu boca y su sueño/el silencio que me echas cuando bajo al mar/y sabes que no volveré sin traerte una palabra".(El hecho de queJGonzàlez se refugiara en el esplendor que este poema provocaba en Antonia Toscano hacìa pensar al lector que la esperanza es un reparto universal,una agonía que acaba en un texto a-mortal).

1 COMENTARIOS:

Antonia Toscano dijo...
Ese esplendor parecía provocarlo una suerte de alucinación que le hacía ver las palabras de este poema como si fueran joyas talladas con delicadeza y tiempo casi infinito...

sábado, 13 de agosto de 2011

Retorno a la edad de la inocencia


Retorno a la edad de la inocencia
“Estos días azules y este sol de la infancia.”
Antonio Machado
Estos días azules
y este sol de la infancia.
Retorno a soles que
construyeron la edad de la inocencia.
Retorno a la tormenta
envuelta en lluvia plomiza y hojarasca,
a todos los caminos encharcados
devolviéndole al cielo su mirada.
Retorno a aquella piel embadurnada
de placenta,
a la boca sin dientes impoluta,
a la mirada limpia,
a los pies sin zapatos,
a sueños de corderos como nubes,
de las nubes como alas,
y a un pecho latiendo trémulo junto
a la mejilla blanda.
Retorno a la bondad fiel sin fisuras,
al origen del alma,
si existió alguna fuente del origen,
comienzo de la nada.
************************************
Antonia Toscano López (Ronda-Málaga)
Enlace:
http://antoniomachadoruiz.blogspot.com/2011/07/poemas-de-espana.html?spref=fb

viernes, 15 de julio de 2011

Poema de la memoria. John McCrae


En los campos de Flandes
se mecen las amapolas
entre hileras de cruces
que señalan nuestra tumba.

Las alondras cantan desafiantes pese a todo;
vuelan oyendo apenas el fragor de los cañones.

Somos los muertos.

Hace pocos días vivíamos,
sentíamos el amanecer,
veíamos el brillo del crepúsculo,
amábamos y éramos amados...

Ahora yacemos en los campos de Flandes.

Resume nuestra lucha con el enemigo.
De nuestras manos inertes
te lanzamos la antorcha;
es tu tarea mantenerla bien alta.

Si faltas a la palabra
que nos diste a los muertos,
nunca descansaremos,
aunque florezcan las amapolas
en los campos de Flandes. 

JOHN McCRAE (primavera de 1915)

John McCrae (1872 -1918), autor y médico canadiense, fue enviado al frente como cirujano de campo durante la primera guerra mundial. Escribió este poema tras la batalla de Yprés, donde resultó muerto un amigo suyo. Con el tiempo, En los campos de Flandes llegaría a ser la obra más popular de la 1ª G. M. en países de habla inglesa, y convertiría a la amapola, una flor que se multiplica entre la tierra removida de los cementerios, en un símbolo de la paz.

Vladimír Holan, el ángel negro de Praga

Clara Janés traduce y prologa la obra del poeta checo, «el mejor» según el Nobel Seifert

Sintió un golpe tan fuerte como Vallejo. Pero no era París, ni había aguaceros. Era una noche gélida en Praga, 1948. Y Holan, poeta, ex comunista, nacido bajo la constelación de Virgo, el 16 de septiembre cuarenta y tres años antes, condenado al ostracismo por sus ex camaradas (por su «formalismo decadente», le señalaron) tomó la decisión de su vida: jamás volvería a salir de su casa en la isla de Kampa, sobre el río Moldava a su paso por la capital bohemia. Dicho y hecho, y así durante más de cuatro décadas, hasta su muerte en 1980, viviendo tras el ocaso, descansando por el día, Holan se sumergió en la oscuridad. Pero noche tras noche, la pluma se deslizaba sobre el papel y daba vida a una obra poética capital del siglo XX.
El silencio de aquella casa apenas era interrumpido cuando el futuro Nobel Jaroslaf Seifert, íntimo amigo, le visitaba. O cuando una joven poeta española (que lo había descubierto al leer su libro «Una noche con Hamlet») rompió todos los hielos de Holan y se ganó su corazón. La escritora era Clara Janés.
Leer más :

martes, 12 de julio de 2011

J.A. Goytisolo


s.XX - Poesía social - José Agustín Goytisolo: Los celestiales, 1956

No todo el que dice: Señor, Señor,
entrará en el reino…
(Mat.,7,21)
Después y por encima de la pared caída
de los vidrios caídos de la puerta arrasada
cuando se alejó el eco de las detonaciones
y el humo y sus olores abandonaron la ciudad
después cuando el orgullo se refugió en las cuevas
mordiéndose los puños para no decir nada
arriba en las paseos en las calles con ruina
que el sol acariciaba con sus manos de amigo
asomaron los poetas gente de orden por supuesto.
Es la hora dijeron de cantar los asuntos
maravillosamente insustanciales es decir
el momento de olvidarnos de todo lo ocurrido
y componer hermosos versos vacíos sí pero sonoros
melodiosos como el laúd
que adormezcan que transfiguren
que apacigüen los ánimos ¡qué barbaridad¡
Ante tan sabia solución
se reunieron los poetas y en la asamblea
de un café a votación sin más preámbulo
fue Garcilaso desenterrado llevado en andas paseado
como reliquia por las aldeas y revistas
y entronizado en la capital. El verso melodioso
la palabra feliz todos los restos
fueron comida suculenta festín de la comunidad.
Y el viento fue condecorado y se habló
de marineros de lluvia de azahares
y una vez más la soledad y el campo como antaño
y el cauce tembloroso de los ríos
y todas las grandes maravillas
fueron en suma convocadas.
Esto duró algún tiempo hasta que poco
a poco las reservas se fueron agotando.
Los poetas rendidos de cansancio se dedicaron
a lanzarse sonetos mutuamente
de mesa a mesa en el café. Y un día
entre el fragor de los poemas alguien dijo: Escuchad
fuera las cosas no han cambiado nosotros
hemos hecho una meritoria labor pero no basta.
Los trinos y el aroma de nuestras elegías
no han calmado las iras el azote de Dios.
De las mesas creció un murmullo
rumoroso como el océano y los poetas exclamaron:
Es cierto es cierto olvidamos a Dios somos
ciegos mortales perros heridos por su fuerza
por su justicia cantémosle ya.
Y así el buen Dios sustituyó
al viejo padre Garcilaso y fue llamado
dulce tirano amigo mesías
lejanísimo sátrapa fiel amante guerrillero
gran parido asidero de mi sangre y los Oh Tú
y los Señor Señor se elevaron altísimos empujados
por los golpes de pecho en el papel
por el dolor de tantos corazones valientes.
Y así perduran en la actualidad.
Ésta es la historia caballeros
de los poetas celestiales historia clara
y verdadera y cuyo ejemplo no han seguido
los poetas locos que perdidos
en el tumulto callejero cantan al hombre
satirizan o aman el reino de los hombres
tan pasajero tan falaz y en su locura
lanzan gritos pidiendo paz pidiendo patria
pidiendo aire verdadero.

De Salmos al viento, 1956


Poética de Leopardi


L´INFELICITÀ (la tarea poética de Leopardi)

leopardi.jpg
En el post anterior acabé con una de esas frases que han quedado para la posteridad: Los hombres mueren y no son felices nos dice Camus en boca de Calígula. En esta sentencia, porque así la considero, convergen al mismo tiempo la desolación, el descontento y la certeza del fin del ser humano como individuo.
En una nota fechada en 1847, Kierkegaard escribía que deseaba para su epitafio esta breve inscripción:

Fue el IndividuoHablemos de la cultura o época que queramos existe un leitmotiv que siempre está patente y nos impulsa como individuos y es la búsqueda de la felicidad.Para Leopardi la imposibilidad e incapacidad de felicidad es un atributo del hombre moderno. A diferencia del hombre antiguo, heredero de la Edad de Oro, el hombre moderno ha perdido la capacidad para vivir felizmente vinculado a la naturaleza. Uno y otro no se diferencian en la felicidad del primero y la infelicidad del segundo sino que más bien se refiere al modo, heroico en el hombre antiguo y ruin en el moderno, de enfrentarse a la infelicidad natural del hombre.El pensamiento trágico renacentista con Dante y Tasso a la cabeza, introduce a Leopardi en la duda de que también el hombre de la Edad de Oro se siente falto de felicidad. En palabras de Petrarca “ciechi et miseri mortali”. De esta manera, cuando Leopardi profundiza en el pensamiento helénico es cuando se convence del carácter innato de la infelicidad humana.Lo que siente este poeta por Teofrasto, por ejemplo, no es admiración sino más bien identificación. Teofrasto representa la equilibrada sabiduría que hace frente al dolor con serenidad. Además cuando a través de la obra de Barthélemy tiene conocimiento directo de los textos de PíndaroSófocles y Esquilo, Leopardi toma certeza de la naturaleza maldita que estos autores atribuían a la condición humana.La sentencia sofocleana de ”è funesto a chi nasce il dí natale” (es funesto a quien nace el nacimiento) y otros textos de filosofía moral antigua contribuyen a que Leopardi antes de asumir ningún criterio de resinación o estatismo vital, busque una fórmula por la que el pesimismo haga frente a la desesperación no por medio de la renuncia a la existencia, sino por una voluntad de acción.Desde que Leopardi asume esta conciencia del hombre como ser creado para la infelicidad, con su obra trata de sintetizar el dolor sereno con la voluntad titánica.A consecuencia de la peculiar percepción heroica de lo trágico, l´infelicitàleopardiana se convierte en un don. El mismo don que hizo grandes o, con sus propias palabras, “alme eccelse” (almas excelsas) y que caracterizaron la cólera de Aquiles, el orgullo del Prometeo de Esquilo, el ánimo suicidad de Ayax, la integridad de Edipo, la duda de Hamlet o el vigor de Lear.Ésta es la tarea del héroe/poeta: vivir con la serena certeza de nuestra naturaleza proclamando felicidad a los cuatro vientos sabiendo que el eco nos devolverá irremediablemente el silencio donde la tristeza habita y reina.

El espantapájaros

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XIX octava de Miguel Hernandez

Centenario Miguel Hernandez

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