viernes, 22 de junio de 2012











Noemí López

MOSCAS Y MÁS MOSCAS
Por fin se quedaron quietas. Las moscas, abrazadas en una frenética cópula, aterrizaron tras un par de minutos de insoportables bisbiseos y zumbidos lujuriosos. Cegados por esa suerte de amor primitivo, no midieron bien las distancias.
-Se acabó Antonio. Adiós Matilde – dijo el anciano justo antes de lanzar un mortífero ataque con su matamoscas.
Sonrió amargamente tras apartar los cadáveres con un soplido. Se recolocó la manta sobre las rodillas y esperó, como venía haciendo desde que lo internaran en la residencia.
Algún día vendría el Gran Matamoscas a por él. Y para su desgracia no le encontraría precisamente copulando.

Texto: Alex Nogués Otero

TAN SOLO QUIERO…
Llevo una eternidad lavando con las lágrimas
el polvo del olvido que se expandió en mí ser.
Han arrastrado ya por la horilla mis sandalias
la sombra turbia de mi amor, hasta desvanecer…
Y yo…yo sólo quiero recordar lustrosos hilos
que me cosían sin agujas al levantar el sol,
y las pinceladas tiernas de un arco iris
pintando de colores mi corazón…
Quiero bailar bajo la lluvia
de charco en charco empapado de felicidad.
Quiero dejar volar a mis gritos húmedos
tras los truenos, tras la vanidad…
Quiero poder caer en un abrazo
ya sin la fuerza ni aliento de tanto correr
y que me giren con un firme paso
a desmayar del ebrio placer.
Quiero sentir que nada siento,
tan sólo un toque de este momento fiel,
deleitando por mi rostro su aliento,
secando lágrimas que se esconden bajo mi piel…

Texto: Xénia Tym

MENTIRAS PIADOSAS
Cada domingo por la mañana, desde hacía ya cuatro años, se montaba en el automóvil después de desayunar. Fueron varias residencias diferentes, siempre intentando acortar la distancia que le separaba de su anciana madre. Aquella mujer fuerte de mirada inteligente y apariencia frágil, que había recorrido infinidad de caminos y había trabajado desde que era una niña para salir adelante, se pasaba las horas del día atrapada en una silla de ruedas, como tantos ancianos allí. La imagen no cambiaba, parecía un fondo de pantalla: ancianos en sillas de ruedas o sujetos a un sillón con una especie de cinturón ancho, mujeres que andaban cogidas del brazo con la mirada y la cabeza perdidas , un hombre que nadaba en el patio sin mar y el que cantaba flamenco y le contaba los dedos de los pies, tocándole las uñas lacadas de rosa fucsia. Siempre esa desazón: Se veía allí , si es que había sobrevivido a los accidentes de la vida, oyendo todas las mentiras piadosas del mundo.

Texto: Antonia Toscano López

martes, 12 de junio de 2012

Natalia Tolstaya


Natalia Tolstaya

(Elabuga, Rusia, 1943)
Ella es una escritora, traductora y profesora de idioma sueco y literatura en la Universidad de San Petersburgo. Ha impartido clases sobre la historia y la cultura rusa en Suecia y durante muchos años ha sido la traducción de la poesía sueca al ruso.
Ha escrito, entre otros, una selección de cuentos cortos en la revista literariaZvezda (1993-2006), los libros Dvoje (2002, de dos) y Siostry (1998, Hermanas), esta vez escrito junto con su hermana y escritora Tatiana Tolstaya , así como varios ensayos sobre la poesía rusa y sueca de la Universidad de San Petersburgo publicación Scandinavica .
En 1997 fue galardonado con el Premio Literario Dovlatov.
Una de sus obras más recientes es un libro de cuentos: odna (2004, Alone).

Enlace:http://www.cccb.org/kosmopolis/en/participant-nat_lia_tolstaia-22753


sábado, 9 de junio de 2012

Primer Premio Certamen de declaración de amor (Dime que me quieres)

Publicación de los relatos premiados y finalistas

Placa conmemorativa


Seudónimo: Francesca Andrade
Los recuerdos son la ficción de nuestra propia vida. Son el resultado de depositar los frutos de la vida en el macerante licor de la memoria; al final, su sabor puede ser ardiente y agridulce, pero nunca podrán volver a su forma primitiva de pétalos blancos arracimados en el extremo de unas flores.


Es tarde




Llevo varias horas pensando en escribir esta carta, pero la desazón que me provoca su inutilidad ha postergado una y otra vez el comienzo. Aún ahora que ya estoy viendo las letras surgir de la nada en la blanca pantalla con el fondo intensamente azul, no le encuentro sentido porque ya es tarde.
Los recuerdos se mezclan de forma intemporal en la memoria sin estar sujetos a la disciplina del tiempo.
A veces es la imagen de un pequeño automóvil rojo serpenteando por empinadas carreteras de montaña bajo una intensa lluvia, una lluvia de julio. Éramos jóvenes y veía tu perfil afilado y tu largo flequillo recortados sobre el cristal de la ventanilla, detrás todo era verde y húmedo. Tus manos eran seguras y precisas al girar el volante. En el asiento de atrás iba Miguel, con su gran bigote y sus pobladas cejas, como una visera sobre sus ojos verdes, junto a aquella atractiva mujer de la que se había enamorado a primera vista. Su romance fue intenso, pero corto, solo duró unos meses porque ella se cansó. Desde el radio cassette la voz de Marlene Dietrich cantaba Lili Marleen con una voz antigua y lejana.
Sin pretenderlo me he ido al primer recuerdo, el de aquellos breves días en Asturias. Mi hijo dice que el azar no existe, que las cosas que le atribuimos tienen unas causas o reglas que desconocemos. Yo no estoy segura de que él esté en lo cierto. Para que yo estuviera allí, en aquel coche, entre aquellas montañas que no había visto antes, otras tres personas renunciaron a este viaje que se presentó de forma inesperada en el trabajo. Tuve que quedar en el aeropuerto con unos desconocidos y viajar por primera vez en avión con un arquitecto que contaba chistes y un escultor que tenía miedo a volar.
Este pequeño viaje dentro del viaje es mi recuerdo más nítido de aquellos días, aquellos en los que comenzó todo.
Muchos años después tú me hablaste de unos poemas que yo te había escrito y que metí por debajo de tu puerta la madrugada en la que me marché, pero yo no los recuerdo.
Quince años más tarde, un sábado por la noche yo estaba sentada en el sofá del salón con un montón de pañuelos de papel arrugados junto a mí, creo que era a finales de noviembre, cuando sonó el teléfono. Estaba viendo una película que me habían recomendado, “Quédate a mi lado” protagonizada por Julia Roberts y Susan Sarandon y una voz cuyo registro me resultó lejanamente familiar, me hablaba desde algún lugar ignorado.
—No soy un vendedor de enciclopedias ni le llamo del Corte Inglés.
A medida que iba hablando, el recuerdo de su voz se hacía más nítido y claro. Eras tú.
—Me he acordado de ti cuando han hablado de la muerte de Rafael Alberti y he buscado tu nombre en la guía de teléfonos.
Los recuerdos se agolpan en la memoria. Aquella vez que andábamos por las montañas, tus montañas, después de haber atravesado pueblos minúsculos con casas del color de la tierra y recorrido húmedos caminos sin asfaltar, allí estabas con tu hijo que tendría entonces tres años y su cometa roja flotando al viento bajo el cielo gris y sus brillantes botas de agua de un intenso color amarillo.
Otras montañas bien diferentes son el escenario de otros recuerdos, unas imágenes extrañas de unos pueblos de la Alpujarra granadina a la que fui con un amigo entrañable en aquel destartalado “cuatro latas” de color verde quirófano que yo tenía por entonces. Tú te mostraste esquivo y distante, pendiente de una atractiva mujer que venía de Monfragüe, con la que en la soleada mañana de un sábado te fuiste montando a caballo a hacer una ruta, mientras yo me quedaba triste porque no había monturas para todos.
No fue la única vez que te vi así, también aquel día en el aeropuerto, creo que fue en aquellos días de mayo en los que recorrimos muchos kilómetros por el Penedés. No sé por qué te sentías tan incómodo o tan enfadado.
Algunos de aquellos viajes fueron muy desdichados, con aquella supuesta amiga que me acogía en su casa amablemente, pero que con el tiempo comprendí que solo me utilizaba para ocultar sus escarceos amorosos a los ojos de un marido aburrido al que solo le gustaba pescar y jugar al tenis y con el que tenía dos preciosos hijos. Aún recuerdo aquella larga tarde que se hizo noche en el castillo de Montjuit, sola, sin conocer a nadie, mientras ella acudía a una cita con un tipo de Santander. Me parecía muy interesante su imagen de mujer mundana y moderna y ella encontró a quien confiar sus traiciones. Yo estaba tan lejos de su casa y de su círculo que no representaba ningún peligro para ella y me escribía largas cartas con su letra redonda y suelta de niña de colegio de monjas. Cuando aquella doble vida desapareció ya no me necesitaba. Tú no querías ni mencionarla, pensabas que era una mujer egocéntrica que solo estaba pendiente de sí misma y sus caprichos. Probablemente tuvieras razón.
Aquel verano del dos mil volvimos a vernos otra vez después de diez años, si porque la primera vez que estuviste aquí fue con tu mujer, tu hijo y aquel abogado de Marbella, a dónde habías venido a descansar después de que te diagnosticaran aquella enfermedad. Aún tengo las fotos de aquel día que me diste mucho tiempo después, allí estamos todos en los balcones del mirador: mi marido, mi hijo en su cochecito, vosotros… Tú estabas extremadamente delgado y tu hijo, con esa seriedad heredada de ti, comentaba sorprendido que mi hijo tenía cero años. Yo quería mostraros todo el mosaico de paisajes desconocidos e ignorados de esta tierra siempre sorprendente, pero tú tenías unos horarios muy estrictos para las comidas y solo hicimos una pequeña ruta turística por el laberinto de calles empedradas y angostas.
Un largo paréntesis se abrió entre nosotros desde esta inesperada visita hasta aquella noche de noviembre, un largo silencio profundo y vacío.
Ah, nuestro reencuentro fue divertido y agotador. Desde aquella noche en la que me llamaste por teléfono hablábamos muy a menudo y tú me llamabas mi amor andaluz Será que tiene un amor en cada puertopensaba yo.
Fue en el mes de agosto. Habíamos quedado en vernos en Granada, a pesar de lo mucho que me gusta esta ciudad no he estado en ella tantas veces como correspondería al placer que siento al verla. Aparqué el coche en el primer sitio que encontré porque el tráfico es infernal como en cualquier otra parte o más y cogí un taxi hasta el hotel en el que te alojabas. Te esperé en la recepción. Cuando apareciste no te reconocí, creí que eras un extranjero, un viajero solitario de los muchos que han venido a Andalucía a recorrer sus caminos, como Richard Ford, Teófilo Gautier o Ernest Hemingway, con tu barba blanca, y tus blancos cabellos asomando por debajo de aquel ridículo sombrero de color mostaza que tanto te gustaba ponerte, tu pequeña maleta con ruedas y tu andar incierto.
Aún estaba reponiéndome de la sorpresa de tu aspecto y tú me contabas los planes para el día cuando te llamaron por teléfono. Aquel joven y encantador matrimonio que te había invitado a un pueblo de la Sierra de Cazorla, acababa de llegar a recogerte, aunque tú lo esperabas por la tarde.
Dios mío ¿Qué hacía yo después de haber hecho tantos kilómetros para ir a verte? Me sentía desconcertada, estábamos a merced de lo que unos extraños para mí quisieran y parecían tener mucha prisa.
 Sin ningún equipaje, solo con lo puesto y sin haberlo previsto, acepté la propuesta de acompañaros. Tú te subiste a mi coche y allá que nos fuimos siguiendo el coche del joven matrimonio que nos precedía. Llegamos pasadas las tres de la tarde a un hermoso merendero a orillas de un pantano que se perdía en el horizonte y nos sentamos a una larga mesa como la que se prepara para las bodas, comiendo bajo aquel intenso calor.
El pueblo, como tantos otros de Andalucía en el día de la Virgen de agosto, estaba en feria, lleno de bombillas de colores y música ruidosa y pachanguera por todas partes, incluso delante de la casa de nuestros anfitriones. Nos dieron un cuarto con una pequeña ventana con cortinas de flores que daba a la calle principal, cada uno en una cama, con las luces apagadas, hablando y con una insoportable banda sonora de fondo hasta que el cansancio pudo más que cualquier ruido y dormimos por un breve espacio de tiempo hasta que una banda de música tocaba la diana floreada, la fiesta continuaba. Desayunamos en un bar y me dispuse a irme. Tú me constaste después que te habías quedado triste porque me marché sin un gesto de emoción, en realidad estaba agotada y no quería irme, pero como tú sabías, no traía equipaje.
Es Navidad y me siento triste. Los recuerdos me llevan a buscar los lugares en los que estuvimos juntos. Escribo nombres en el buscador de internet una y otra vez intentando encontrar una imagen en la que situar las siluetas de nuestros cuerpos recortadas en su atmósfera, como aquellas fotos que nos gustaba hacer de nuestras sombras proyectadas sobre las paredes o sobre las hojas del otoño caídas en la hierba. Uno tras otros van apareciendo hoteles, restaurantes, museos, campos y campanarios, caminos, carreteras, desfiladeros, árboles rojos y amarillos, lagos como cielos, cielos de colores, mercados  abigarrados y aromas de flores secas, de velas y de chocolate; briznas de nieve en los cabellos, manos en las manos…
En los restaurantes los camareros nos conducían a mesas para dos, una silla a cada lado, frente por frente, a mí me gustaba cambiar la mía y sentarme a tu lado, aunque a veces eran enormes y pesadas. Y subíamos deprisa a los taxis y quedábamos cada uno junto a una ventanilla, yo me aproximaba a ti y tú cogías mi mano entre las tuyas. Estos gestos parecían divertirte mucho y nos reíamos como niños libres y felices.
Cuando he abierto el buzón estos días esperaba encontrar uno de aquellos sobres con aquella letra alargada, fina, casi ininteligible, pero armoniosa que trazaba ni nombre debajo de los matasellos  que manchaban de tinta los sellos cuidadosamente escogidos de flores, globos, objetos curiosos o con la figura del rey al revés, nada era irrelevante y volvía a verme abriendo aquel humedecido por la ausente lluvia de este año que contenía las canciones de Compay Segundo o aquel otro de María Joao Pires interpretando a Chopin.
En estos días que se inundan de la luz de la nostalgia como el haz que entra por las rendijas de las puertas cerradas en las horas calientes del verano, también he ordenado las fotografías y he guardado las nuestras todas juntas en una caja. Siento la pérdida de aquellas otras que te quedaste y que nunca más volveré a ver, aunque las conservo en la memoria como si las tuviera entre mis manos en este instante…aquellas que nos hicimos en Aranjuez en blanco y negro, como las antiguas.
Vuelvo a repasarlas, desde ellas me sonríes en la distancia del tiempo o desde ellas me miras y yo te sonrío, tú detrás de la cámara. Incluso a veces miro aquellos negativos en los que antes de la moda digital quedaba nuestra imagen en negativo... y del revés. Y visto así, hasta el amor es una ciudad de siete colinas bajo la luz de Italia.
A veces me río sola recordando el escalón del salón de tu casa en el que me subía para abrazarte, la altura perfecta para tu estatura o el día aquel que habíamos quedado en la Estación de Santa Justa, en Sevilla, solo para viajar en el AVE hasta Córdoba y cómo llegué en el último segundo a subirme agarrándome a tu mano tendida, como el héroe rescata a la dama en el último segundo antes de que se hunda el mundo tras ellos.
Recuerdo vagamente la historia de aquel marinero que pensaba que era mucho más fácil viajar de norte a sur que al revés, por la imagen de los mapas colgados en las paredes de las escuelas. Lo comentabas a menudo cuando usabas nuestro “submarino”, la agencia de transporte urgente en cuyas furgonetas viajaron de norte a sur y de sur a norte libros de poemas, recortes de periódicos, sinopsis de películas, chocolatinas con formas curiosas, como aquella de una llave, flores escogidas en mi jardín, como los pensamientos que usaste para una ensalada o las plantas aromáticas y medicinales que  preparaba cuidadosamente en bolsas transparentes de papel de celofán, atadas con cintas doradas o de raso verde carruaje, con unas etiquetas craqueladas decoradas con guirnaldas menudas y tus flores secas atadas con rafia o aquella rosa envuelta en papel de seda blanco y una cartulina rosa que en estos días he enmarcado y la he colgado aquí, junto al sofá en el que te escribo.
A veces releo las notas que escribía en aquellos días que pasábamos juntos, como la primera vez en Madrid. Estabas allí, tumbado boca arriba en aquella cama de noventa. ¡Cómo te reías recordando mi comentario al entrar en la habitación de aquel hotel y ver que no había cama de matrimonio! Después ya siempre lo preguntabas. Yo te observaba sentada en un sillón junto al balcón al caer la tarde lluviosa y fría. Aún me costaba acostumbrarme al hecho de que me quisieras. Me había emocionado cuando temblabas como un adolescente tímido entre mis brazos. Después dormías con aquel cansancio profundo en el que a veces te sumías.
Tal vez por eso me acuerdo de las primeras dudas durante aquel viaje al Ariège, en aquel hotel con nombre de hada junto a un maravilloso lago, aquel en el que dibujaste en un papel nuestros pies sobre el suelo de madera sentados al borde de la cama. En medio de tanta felicidad de pronto recorrió mi pensamiento el título de una vieja película, “La sombra de una duda” del gran maestro Hitchcock.
—En menudo lío nos hemos metido —te comenté en algún momento, aunque tú no entendiste muy bien lo que pasaba por mi cabeza.
Pensaba en los kilómetros que separaban nuestra vida cotidiana, tu hijo y los míos, nuestros trabajos respectivos. Llegaría el momento en que vernos solo de vez en cuando, estar todo el día colgados de un teléfono, o enviarnos correos electrónicos con poemas de  Miquel Martí i Pol o de mi propia cosecha, ya no sería suficiente.
En el primer aniversario de nuestro encuentro en Madrid me di cuenta de que no siempre sería fácil. Yo quería verte a toda costa y por primera vez me gritaste y me dijiste que tenías que trabajar para ganarte la vida. Claro, como yo y la mayoría de la gente y no nos vimos.
Una mañana de verano nos despertamos temprano. En realidad me desperté temprano, porque tú siempre estabas ya despierto, de hecho a veces tenía la sensación de que no dormías nunca. Tu habitación daba a un patio cuadrado enorme con grandes árboles y pájaros que alborotaban con gran algarabía. Ya habías mencionado varias veces que deberíamos tener un hijo, mejor dos niñas. Esa mañana estábamos contentos e incluso pensamos en los nombres que le pondríamos…Talló, Laia…
En algún momento me di cuenta de que tú hablabas muy en serio y sentí un miedo espantoso. Me había quedado sola hacía unos años con los hijos pequeños y además ya no era muy joven. Nunca me hubiera imaginado siquiera pensado en tener más hijos y te lo dije. Sé que no te gustó nada, pero creo que fue una de las decisiones más sensatas que he tomado en mi vida.
Sin embargo, algo estaba cambiando entre nosotros. De pronto tenías celos de todo y de todos, sobre todo de mi hijo mayor y de mi trabajo. Tú querías que yo buscara un trabajo aquí para ti y lo intenté sin resultado y tú intentaste buscar un trabajo para mí, pero aún era más difícil por la dificultad del idioma. Ya no querías resignarte a que estuviésemos viviendo en la distancia y tus temores y desconfianza aumentaban de día en día. Cuando iba a verte no querías que quedáramos con amigos ni con otras personas de tu familia, ni que fuésemos a ningún sitio; no querías venir a mi casa porque decías que era como “La casa de Bernarda Alba” y no querías ver a mi hijo.
En nuestro sexto aniversario viajé hasta Barcelona para verte, fue la última vez que nos quisimos apasionadamente y yo me sentía feliz, creí que habíamos superado nuestras dificultades. Me regalaste aquel libro de Monserrat Roig “Dime que me quieres, aunque sea mentira” (parafraseando a Johnny Guitar pidiéndoselo a Joan Crawford).  Pero al cabo de unos meses me dijiste que no sabías a qué había ido yo a tu casa, que tal vez solo quería un amante y unas vacaciones gratis.
Estabas en la puerta de la estación de Guadix con un aspecto deplorable, el pelo blanco demasiado largo y rebelde, unos bermudas blancos de finas rayas azules que no te favorecían nada y una camisa blanca también de rayas mal remetida por la cintura del pantalón. Habías alquilado en un “rent a car” un coche y mientras íbamos a buscarlo me explicaste que en lugar del turismo que te habían prometido, te habían dejado una furgoneta enorme. En ella viajamos durante dos días viendo cuevas y casas cuevas porque querías diseñar algún proyecto relacionado con ellas, de hecho nos alojamos en un apartahotel formado por un conjunto de ellas. He de reconocer que era muy bonita, pero pensar que estábamos debajo de tierra me daba claustrofobia. A pesar de estar juntos dos días, apenas si tuvimos intimidad y cada uno regresó a su casa triste y frustrado.
Entre tanto seguías llamándome por teléfono a todas horas y me dejabas mensajes desagradables en el contestador, cuando hablábamos me insultabas y me culpabas de tu separación y me acusabas de haberte engañado haciéndote creer que íbamos a tener dos hijas o que íbamos a vivir juntos y que luego no era cierto… Luego te arrepentías y decías que lo único que pasaba es que me querías demasiado y yo te respondía que no me quisieras tanto, pero que confiaras más en mí.
Tuve que tomar la decisión de decirte que ya no podía más y que teníamos que terminar nuestra relación.
Al cabo de los meses volvimos a hablar a menudo y una y otra vez tuve que recordarte que no podíamos volver porque nos hacíamos mucho daño. A veces te echaba de menos, como ahora y te enviaba postales y tú a mí e incluso estuve tentada a decirte que iría contigo a ese viaje del que me hablabas, pero al que nunca fuimos a Oporto y a Lisboa, como nunca fuimos a Colliure ni a la Toscana…
Al cabo de dos años, conocí a otra persona e inicié una nueva relación. Tú me llamabas por teléfono a menudo y un día cogió él el teléfono y te dijo cosas vulgares y ordinarias. Nunca me perdonaré el permitirle la libertad de que cogiera tú llamada por mí, nunca me perdonaré no haberte llamado y haber hablado contigo, disculparme, explicarte, algo…
No volví a oír tu voz, aunque después he sabido que insististe en tus llamadas al teléfono fijo, pero nunca coincidió que yo lo cogiera.
Hace un año un amigo nuestro me localizó a través de las redes sociales la víspera de Navidad. Solo quería que yo supiera que habías muerto. Muerto. Leo la palabra escrita y aún no me lo puedo creer, necesitaría saber por qué decidiste no ir al hospital como me han contado, necesitaría poder hablar de ello con alguien que estuviera cerca. Le agradecí a esta persona que se hubiese acordado de mí y me tratara con tanta comprensión, sin preguntas ni explicaciones. Su respuesta me trajo algún consuelo. Él piensa que no supiste o no pudiste ser feliz, pero que solo te había visto contento el tiempo que estuviste conmigo desde que erais unos muchachos.
Le escribí a tu hijo pidiéndole mis cartas, nuestras cartas, nuestras fotos y aquel libro de poemas que encuaderné para ti con pastas azules y letras doradas en el lomo que comenzaba con estos versos. Estar contigo o no estar contigo, /es la medida de mi tiempo. /
Eso fue hace un año y él no me ha respondido. No sé a dónde habrá ido a parar todo aquello que con tanto amor compartimos durante aquel tiempo.
No me siento la misma desde que sé que no podré volver a verte y que es tarde para poder contarte lo que siento y sé que esta carta es absurda, pero necesitaba escribirla para enviarla a ninguna parte.
Me gustaría estar bendecida con tener la fe de quienes dicen hablar con los espíritus y tener la certeza de que cuando le hablo a tu fotografía, leo o escucho la grabación de los versos que escribí para el homenaje que te hicieron los amigos en aquella pequeña e íntima iglesia románica  en el corazón de tus montañas y que resonaron en sus piedras con mi voz temblorosa por la emoción y el réquiem de Mozart de fondo, desde alguna parte me estás escuchando y por si acaso me he comprado un llamador de ángeles y lo he colgado del cabecero de mi cama.



















viernes, 8 de junio de 2012

Nota del Ayuntamiento de Málaga






Cuadro de texto: comunicación y prensa municipalÁrea de Cultura / Feria del Libro


ENTREGA DE PREMIOS DEL XII CERTAMEN DE DECLARACIONES DE AMOR DIME QUE ME QUIERES

En el mismo acto se presentará la publicación que recoge los relatos de los galardonados que, por primera vez, son en su totalidad malagueños

08/06/2012.- El Museo del Patrimonio Municipal acoge mañana, 9 de junio, la entrega de premios del XII certamen de declaraciones de amor “Dime que me quieres”. Por primera vez en estos doce años ha coincidido que tanto ganadores como finalistas son en su totalidad malagueños. Al acto asistirán el concejal de Cultura, Damián Caneda, quien hará entrega de los premios y los miembros del jurado: la profesora de la Universidad de Málaga, Amparo Quiles, y los escritores Pablo Aranda y José Antonio Garriga Vela.

El  primer premio de esta duodécima edición ha sido para Antonia Toscano López, por el relato “Es tarde” mientras que el segundo y tercero han recaído a María del Rocío León Radial por “El secreto de mis zapatillas verdes” y Héctor Márquez de la Plaza por “El tiempo azul”. Los galardonados recibirán una dotación de 1.000, 500 y 200 euros respectivamente.

Los siete finalistas, también malagueños, han sido los siguientes: Mª José Amador Montaño con “La vie en rose”; Luisa Díaz Carballo con “Largo recorrido”; Pablo Díaz Morilla con “Pero una estrella lleva tu nombre”; Marisa López Pérez con “Ni se te ocurra decirme que me quieres”; Isabel María Merino González con “Un frente frío”; Inmaculada Reina Segovia con “Álbum”; y Mª Antonia de la Torre Orozco con “El ave del amor”. En el mismo acto de entrega de premios se presentará la publicación que recoge todo los relatos ganadores y finalistas.

El certamen de declaraciones de amor “Dime que me quieres”, de ámbito nacional y organizado por la Red de Bibliotecas del Ayuntamiento de Málaga, se enmarca dentro de las actividades del Plan de Fomento a la Lectura que organizan las bibliotecas municipales y que tiene como objetivo, además de fomentar el hábito lector, favorecer la creatividad literaria, y difundir la labor de las bibliotecas como centros culturales. Con esta actividad las bibliotecas salen fuera de sus muros con el principal propósito de favorecer el gusto por la escritura y difundir las labor de las bibliotecas como centros culturales y como herramienta para la información, el ocio y el aprendizaje  a lo largo de la vida. Este año se han presentado cerca de un centenar de relatos procedentes de todo el ámbito nacional.

sábado, 5 de mayo de 2012

Álvaro García

http://www.alvarogarcia.org/

El poeta malagueño Álvaro García gana el Loewe de poesía



viernes, 4 de mayo de 2012





http://inoutradio.com/desconocidas/

Katherine Mansfield, la diosa de los diarios con Thais Morales.
Todo está relacionado. El hilo de Ariadna de las D&F nos lleva hoy a hablar de Katherine Mansfield, una escritora de Nueva Zelanda que murió cerca de París, en el instituto Gurdjieff de Fointainebleau, ¿recordáis este nombre? Gurdjieff fue el maestro espiritual de una vieja conocida de esta sección, Margaret Anderson, la fundadora de The Little Review. Segunda conexión con nuestras D&F de este hilo caprichoso e infinito de Ariadna: Mansfield murió de tuberculosis, enfermedad a la que dedicó parte de su vida Alberta Lucille Hart, del que hablamos también hace unas semanas por ser el primer transexual de mujer a hombre de Estados Unidos.
Katherine Mansfield es la escritora más famosa de Nueva Zelanda. En realidad se llamaba Kathleen Beauchamp y nació 1888, en Wellington, ciudad que abandonó para ir a estudiar a Londres, al Queen’s College, con sus hermanas. Allí conoció a la que sería su compañera inseparable durante toda su vida: la escritora Ida Baker. Para entender la relación que mantuvieron sirve apuntar, como detalle significativo, que el segundo nombre de Baker era Constance y que esta cualidad era uno de los rasgos de su carácter en su relación con Katherine. Ida fue, como su segundo nombre indica, constante como la confidente de Katherine, como su compañera, como su ama de llaves y como su enfermera. Y Katherine correspondió a esa fidelidad y a esa solidez llamándola ‘mi montaña’, ‘mi esclava’ o el más poético, ‘mi albatros’.
Además de Ida y antes de que su relación se consolidara del todo, Katherine vivió dos historias con sendas mujeres, que le llevarían a escribir su único relato explícitamente lésbico en 1907, ‘Leves amores’. Se trata de un cuento de una página que explica una cita entre dos mujeres que van a cenar y a la ópera. Y en el que lo que no se cuenta es lo más evidente.
La primera de sus amantes fue Maata Mahupuku, hija de una mujer occidental y del hermano del jefe aborigen, Tamahau Mahupuku, de los Wairarapa. Maata conoció a Mansfield en 1900 cuando las dos iban a la escuela de Miss Swainson en Nueva Zelanda. Es probable que su relación comenzara antes de que Mansfield viajara por primera vez a Londres, donde se reencontraron en 1906. Aunque en aquella época londinense Katherine ya estaba saliendo con Ida Baker, su idilio con Maata continuó cuando las dos regresaron a Wellington. En junio de 1907 escribió: “Quiero a Maata, la deseo desesperadamente. Es impuro, pero es real”.
La segunda relación de aquella época fue con Edith Bendall. Bendall era nueve años mayor que Katherine y fue la escritora quien se atrevió a dar el primer paso invitándola a quedarse en su casa una noche que sus padres no estaban. El 1 de junio de 1907, Mansfield escribió en su diario: “He pasado la noche en sus brazos y hoy la odio, algo que si lo analizo significa que la adoro; que no puedo estar en mi cama sin sentir la magia de su cuerpo. Siento de manera mucho más poderosa los impulsos sexuales estando con ella que con un hombre. Me esclaviza, me seduce, y a toda ella y a su cuerpo los adoro”.
Edith Bendall se casó con un maestro de escuela y murió a la longeva edad de 107 años, en 1986. Cuando falleció ya había olvidado su matrimonio, pero aún recordaba su relación con Katherine. Se sabe que guardó las cartas de la escritora durante casi toda su vida, aunque se desconoce dónde fueron a parar tras su desaparición.
En 1907 la relación de Katherine con su familia iba a cambiar. Fue el año que escribió el relato ‘Leves amores’. Tras redactarlo a mano, le pidió a la secretaria de su padre, Mattie Putnam, que lo pasara a máquina. Mattie, inquieta ante lo que acababa de leer, se lo mostró al señor Mansfield y es más que probable que aquella lectura inesperada desencadenara una tormenta de problemas que finalizó el día que Katherine abandonó Nueva Zelanda, en 1908, para no volver nunca jamás.
Se fue a Londres, con una asignación mensual de 100 libras, y en la capital conoció a D. H. Lawrence y a Virginia Woolf. Pero en Londres no todo iba a ser perfecto para la joven Mansfield. En aquellos años conoció a un chico llamado Garnet Trowell, del que se quedó embarazada. Aquel segundo escándalo después de la escritura de ‘Leves amires’, exigió la presencia de su madre, Annie, en Londres a principios de 1909. La señora Mansfield recogió a su hija y se la llevó a Bad Wörsihofen, un sanatorio de Baviera, para mantener el embarazo en secreto y, de paso, curar a su hija de su lesbianismo. Annie estaba al corriente de la relación de Katherine con Ida Baker y no le hacía muy feliz saber que su hija mantenía esa clase de relaciones. El primer ‘problema’ de Katherine, el embarazo, acabó pronto, ya que la escritora sufrió un aborto. El segundo, en cambio, perduró hasta el final de sus días.
Y eso que Katherine empezó en 1911 una relación con el editor John Middleton Murry, con el que acabó casándose en 1918 para formar un matrimonio complicado, por llamarlo de alguna manera, debido a la presencia constante de Ida Baker en la vida de la escritora.
En diciembre de 1917, enfermó de tuberculosis y comenzó a viajar por Europa en busca de una cura para su enfermedad. Finalmente eligió un balneario, el centro Gurdjieff, cerca de París para quedarse una temporada. Como suele ocurrir en estos casos de marcado aire romántico, el apogeo y la madurez creativa de Mansfield coincidió con el final de su corta vida. El 9 de enero de 1923, a los 34 años, Katherine Mansfield murió a causa de una hemorragia después de subir corriendo unas escaleras para demostrarle a  John Middleton, que había ido a visitarla, su recuperación.
Unos días antes había escrito en su Diario: “Quiero la tierra y sus maravillas: el mar, el sol. Quiero penetrar en él, ser parte de él, vivir en él, aprender de él, perder todo lo que es superficial y adquirido en mí, volverme un ser humano consciente y sincero. Al comprenderme a mí misma quiero comprender a los demás. Quiero realizar todo lo que soy capaz de hacer… trabajar con mis manos, mi corazón y mi cerebro. Quisiera tener un jardín, una casita, hierba, animales, libros, cuadros, música. Y sacar de todo esto lo que quiero escribir; expresar todas estas cosas… Quiero vivir la vida cálida, anhelante, viva, tener raíces en la vida, aprender, desear, saber, sentir, pensar, actuar, eso es lo que quiero, a donde debo tratar de llegar”.
Los Diarios de Mansfield son su gran obra. Los escribió sin pensar que iban a ser publicados, lo que les otorga la cualidad de la sinceridad absoluta e incondicional, de manera que leerlos es como leer el proceso de su mente: cómo creaba escenas, cómo utiliza hechos de la vida cotidiana para trabajarlos creativamente después. “Cuando escriba sobre el violín debo recordar ese modo de subir levemente y de hundirse lastimeramente; el modo cómo busca”, escribe en sus cuadernos. O, en otra entrada: “Lumbago. Es algo muy extraño. Tan inesperado, tan doloroso; debo recordarlo cuando escriba sobre un viejo. El gesto de levantarse, la pausa, la expresión enfurecida, y, cómo, por la noche, en la cama, uno tiene la impresión de quedar aherrojado”.
Katherine  fue una escritora nata. Ni siquiera cuando alcanzó cierta fama creyó haber logrado un mínimo grado de perfección narrativa. “Sólo estoy rozando la superficie, estoy en la superficie”, decía una y otra vez en sus diarios, en los que la actitud hacia su obra es sana, austera, humorística. Huye de la vanidad, de los celos literarios y, aunque en los últimos años de su vida supiera que era una autora de éxito, no hay ni una sola alusión al respecto.
Para acabar anotaré dos las opiniones de dos diosas de la literatura: Virginia Woolf y de la escritora brasileña, Clarice Lispector.
“Katherine Mansfield”, decía la Woolf, “ha producido la única literatura que me ha hecho sentir celos.  Sus escritos son el espectáculo de una mente privilegiada”.
Clarice Lispector, dijo de ella: “A los 15 años entré en una librería y uno de los libros que abrí contenía frases tan diferentes que me quedé leyendo, atrapada, allí mismo. Emocionada, pensé: “Pero si este libro soy yo”.  Sólo después me enteré de que Katherine Mansfield está entre los mejores escritores de su época”.
Sobre la escritora
Ihimaera, Witi. ‘Dear Miss Mansfield: A Tribute to Kathleen Mansfield Beauchamp’. Viking Press. En esta obra se incluye la novela ‘Maat’, donde el autor recrea la historia de amor entre Mansfield y Maata.
Obras de Katherine Mansfield
‘Cuentos completos’. Alba editorial
‘Diario’. Ediciones B / Bolsillo
‘En un balneario alemán’. Alba editorial
Música
Lana del Rey

martes, 1 de mayo de 2012

Material de Lectura

Katherine Mansfield


Katherine Mansfield / DIARIO





1914

1º de abril. Pasé otro día espantoso. Nada me ayuda o podría ayudarme salvo una persona que pudiera adivinar. Fui a dar un paseo y tuvo cierta vaga alegría que me dieron unos niños y el ruido del agua como olas que se elevan.


1915

1º de enero. […] Para este año tengo dos deseos: escribir, ganar dinero. Consideremos. Con dinero podríamos marcharnos como queremos, tener una casa en Londres, ser libres como lo deseamos, y ser independientes y orgullosos con todos. Es sólo la pobreza la que nos mantiene unidos. […]


1916

22 de enero. [Villa Pauline, Bandol.] Ahora, realmente, ¿qué es lo que de verdad quiero escribir? Me lo pregunto. ¿Soy menos escritora que antes? ¿Es menos urgente la necesidad de escribir? ¿Aún me parece tan natural buscar esa forma de expresión? ¿La ha satisfecho el habla? ¿Pido algo más que relatar, recordar, asegurarme?

Hay veces en que estos pensamientos casi me asustan y casi me convencen. Me digo. Estás ahora tan realizada en tu propio ser, en estar viva, en vivir, en aspirar a un sentido mayor de la vida y un amor más profundo, que lo otro ha desaparecido de ti.

Pero no, en el fondo no estoy convencida, porque en el fondo nunca mi deseo fue tan ardiente. Sólo la forma que elegiría ha cambiado marcadamente. Ya no me siento intensada en el mismo aspecto de las cosas. La gente que vivió o a quien deseé introducir en mis historias ya no me interesan. Los argumentos de mis historias me dejan absolutamente fría. Aceptado que esa gente exista, y que todas las diferencias, complejidades y resoluciones sean verdaderas para ellos, ¿por qué debería yo escribir sobre ellos? No están cerca de mí. Todas las falsas cuerdas que me unen a ellos están cortadas del todo.

Ahora… ahora quiero escribir recuerdos de mi propio país. Sí, deseo escribir sobre mi propio país hasta que simplemente agote mis recuerdos. No sólo porque se trate de una “deuda sagrada” que le pague a mi país porque mi hermano y yo nacimos allá, sino también porque en mis pensamientos recorro con él todos los lugares recordados. Nunca me aparto de ellos. Deseo renovarlos por escrito.

Ah, la gente… la gente que amamos allá… de ellos, también, deseo escribir. Otra “deuda de amor”. Oh, quiero que por un momento nuestro país no descubierto salte ante los ojos del Viejo Mundo. Debe ser misterioso, como si flotara. Debe quitar el aliento. Debe ser “una de esas islas…” Lo diré todo, incluso el asunto de la canasta de la ropa. Pero todo debe ser contado con un sentido del misterio, con brillo, con un resplandor crepuscular, porque tú, mi pequeño sol de ese mundo, te has puesto. Te has caído por el enceguecedor borde del mundo. Ahora yo debo hacer mi parte.

Luego quiero escribir poesía. Siempre me siento temblando al borde de la poesía. El almendro, los pájaros, el bosquecito donde estás tú, las flores que no ves, la ventana abierta por la que me asomo y sueño que te reclinas contra mi hombro, y las veces que tu fotografía “parece triste”. Pero principalmente quiero escribir una especie de elegía a ti… tal vez no es poesía. Tal vez tampoco en prosa. Casi con seguridad en una especie deprosa especial.

Y, por último, deseo llevar una especie de libro de pequeñas notas, que se publique algún día. Eso es todo. Nada de novelas, nada de historias con problemas, nada que no sea simple, abierto.


1920

19 de diciembre.
Sufrimiento
Deseo que se acepte esto como mi confesión.

No hay límite para el sufrimiento humano. Cuando uno piensa:”Ahora he tocado el fondo del mar… ya no puedo ir más abajo”, uno se hunde más Y así es para siempre. El año pasado en Italia pensé: La mínima sombra más y sería la muerte. ¡Pero este año ha sido tanto más terrible que pienso en la Casetta con afecto! El sufrimiento es infinito, es la eternidad. Un remordimiento es el tormento eterno. El sufrimiento físico es… juego de niños ¡Tener el pecho aplastado por una gran piedra… uno podría reírse!

No quiero morir sin dejar asentada mi convicción de que el sufrimiento pueda superarse. Porque de verdad lo creo. ¿Qué se debe hacer? No tiene sentido lo que se denomina “ir más allá del dolor”. Eso es falso.

Uno debe rendirse. No resistirse. Aceptarlo. Dejarse abrumar. Aceptarlo por completo. Convertirlo en parte de la vida.

Todo lo que realmente aceptamos de la vida sufre un cambio. Así, el sufrimiento debe convertirse en Amor. Este es el misterio. Eso es lo que debo hacer. Debo pasar del amor personal al amor más grande. Debo darle a la totalidad de la vida lo que le di a uno. La presente agonía pasará… si no mata. No durará. Ahora soy como un hombre a quien le han arrancado el corazón… pero… ¡hay que soportarlo… hay que soportarlo! Tanto en el mundo físico como en el espiritual, el dolor no dura para siempre. Sólo que es tan agudo ahora. Es como si hubiera ocurrido un espantoso accidente. Si puedo dejar de revivir toda la conmoción y el horror del dolor, si ceso de recordarlo, me pondré más fuerte.

Aquí, por una extraña razón, surge la figura del doctor Sorapure. El era un buen hombre. Me ayudaba no sólo a soportar el dolor, sino que sugería que quizá la enfermedad física sea necesaria, sea un proceso reparador, y siempre me decía que consideraba cómo el hombre solo desempeñaba sólo una parte en la historia del mundo. Mi dolor simple y amable era puro de corazón, como Chéjov. Pero para estas enfermedades uno es el propio médico. Si el “sufrimiento” no es un proceso reparador, yo lo convertiré en tal. Aprenderé la lección que enseña. Estas no son palabras vanas. Estos no son los consuelos del enfermo.

La vida es un misterio. El dolor que atemoriza se atenuará. Debo dedicarme a mi trabajo. Debo poner mi agonía en algo, cambiarla. “La pena se convertirá en alegría”.

Es perderse de manera más total, amar más profundamente, sentirse parte de la vida, no separado.

¡Oh, Vida! Acéptame… hazme digna… enséñame.

Escribo eso. Levanto la vista. Las hojas se mueven en el jardín, el cielo está pálido, y me sorprendo a mí misma llorando. Es duro… es duro hacer una buena muerte…

Vivir… vivir… eso es todo. Y dejar la vida sobre esta tierra como la dejaron Chéjov y Tolstoi.

Después de una terrible operación, recuerdo que cuando pensaba en el dolor de estar toda tendida, me ponía a llorar. Cada vez volvía a sentirlo, y era insoportable.

Eso es lo que se debe controlar. ¡Extraño! Las dos personas que quedan son Chéjov, muerto, y el indiferente doctor Sorapure. Esos son los dos hombres buenos que he conocido.


1922

16 de enero. […] Hoy estoy en un cenagal de desaliento, y como todos los que están así, estoy fea, me siento fea. Es el triunfo de la materia sobre el espíritu. Esto no debe ser. Mañana, a toda costa (aquí lo juro) escribiré un cuento. Esta es mi primera resolución… en este diario. No me atrevo a deshacerla.


Octubre. Importante. Cuando podemos empezar a no tomarnos en serio nuestros fracasos, significa que estamos dejando de tenerles miedo. Es de suma importancia aprender a reírnos de nosotros mismos.


© Jess-Judge© Jess-Judge




De Diario.
Traducción: Antonio Bonanno. Centro Editor de América Latina,
Buenos Aires 1978.


lunes, 30 de abril de 2012

Meira Delmar


La tarde
Te contaré la tarde, amigo mío.
La tarde de campanas y violetas
que suben lentamente a su pequeño
firmamento de aroma.
La tarde en que no estás.
El tiempo, detenido, se desborda
como un dorado río.
Y deja ver en su lejano fondo
no sé que cosas olvidadas.
El día vuelve aun en una ráfaga
de sol,
y fija mariposas de oro
en el cristal de aire...
Hay una flauta en el silencio, una
melancólica boca enamorada,
y en la torre teñida de crepúsculo
repiten su blancura las palomas.
La tarde en que no estás... la tarde
en que te quiero.
Alguien que no conozco,
abre secretamente los jazmines
y cierra una a una las palabras.

Día del libro.


Día del libro. 23 de abril de 2012.
El legado de la memoria.
Tengo que escribir y describir las emociones que siento, para que algún día la memoria las pueda reconocer una y otra vez.
Si al pasar por esa calle estrecha y empedrada, secreta en sus recodos llenos de asombro y de misterio, a un lado el muro fragmentando en numerosas ventanas pintadas del color del vino tinto añejo y al otro lado el muro blanco, escultórico, rematado con un pequeño alero de teja morisca y solo un pequeño hueco recortado en la cal, un umbral muy alto y una desvencijada puerta de madera. Si abro los brazos, las palmas de mis manos pueden extenderse sobre los fríos paramentos de una tarde de abril.
La emoción tiene su origen en la contemplación de cuatro rectángulos de luz sobre el muro blanco bajo la mortecina claridad violácea del crepúsculo, cuatro recuadros de luz proyectados desde una ventana pequeña del largo muro lleno de ventanas oscuras.
En algún momento de la Historia, un hombre inventó unos signos y enseñó a otros el arte de interpretarlos, para poder dejar su memoria como legado, un legado que no fuera tan efímero como una palabra sostenida en el viento.

                        Antonia Toscano López

El espantapájaros

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XIX octava de Miguel Hernandez

Centenario Miguel Hernandez

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