martes, 27 de marzo de 2012


El sueño de Boissier 
Muy pocas imágenes se pueden encontrar de Pierre Edmond Boissier, el botánico suizo que añadió su nombre al del Abies Pinsapo, este admirable y bello abeto que crece en las escarpadas sierras de la Serranía de Ronda. Esos retratos, uno a la temprana edad de doce años y dos al borde de la ancianidad, confirman su fama de hombre jovial, abierto y simpático que viajó por los intrincados caminos de aquella época en los que eran una amenaza los carlistas y los bandoleros, vestido al uso de los lugareños con su sombrero en la cabeza y la escopeta a la espalda y sus eternos compañeros de viaje, los papeles para fabricar su herbario. Nada en su rostro hace pensar en un hombre aventurero y audaz, capaz de ir  con un paisano de Vélez a través de las sierras buscando el increíble tesoro de una piña, la piña de un pinsapo, con Antonio que tenía pánico a caminar por ellas, aunque mataba al miedo cantando coplillas. Pero no fue en su compañía cuando Boissier vivió su auténtica aventura, ni cuando viajó a Gibraltar, aquel oasis de civilización para él, por los Valles del Genal y el Guadiaro, ni siquiera cuando creyeron que era un espía, un contrabandista o le confundieron  con un paisano que había emigrado a América. No, lo que nunca se contó ocurrió en el pinsapar de Yunquera.
Un anciano del lugar decía haber oído esta historia de su abuelo y éste a su vez del suyo, así en una cadena de relatos en torno a un suizo muy raro acompañado de dos personajes de su misma calaña, uno de ellos un borracho ya viejo (Haenseler) y otro joven también loco (Prolongo) que llegaron buscando un tesoro  en la sierra procedentes de la capital. ¡Un tesoro! Contaban que en las noches que pasaron en la Sierra, decían que por el mes de octubre,  el suizo se sintió indispuesto, tenía fiebre y tuvo unos sueños que  el anciano achacaba a la cercanía del cementerio de los monjes del Convento del Santo Desierto de las Nieves, las benditas ánimas. Boissier soñó con una mujer que decía llamarse Lucile, como su madre cuya muerte retrasó su viaje a España en 1836, a la que veía vestida de novia en una boda en la que el novio era él, al momento la veía muerta, enterrándola debajo de uno de los pinsapos más viejos, de ramas retorcidas, de siluetas tenebrosas guardando el secreto de las oscuras cañadas donde nunca da el sol.
 Un científico no podía dar crédito a aquellas alucinaciones, pero Boissier se casó en 1840 con Lucile Butini, que murió en Granada en 1849, víctima del cólera que contrajo en el Norte de África, aunque en aquel mismo lugar recolectó las piñas que llevó a Valeyres (Suiza), dando a conocer su hallazgo a la comunidad científica.
Antonia Toscano López

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